6.10.06

La obsesión (Parte III)



Pedro hacía lo imposible por dejar de llorar. La impotencia invadía su ser, no había manera de controlar aquel cuerpo que ahora parecía no pertenecerle. Temblaba, se pasaba las manos por la sien y rompía a llorar de nuevo.

El ángel se había marchado. Así, por las buenas, igual que vino se fue. Ya era el tercer día que no la veía por la escuela. El primer día logró mantener la calma, incluso se alegró: podía mejorar su plan para acercarse a ella. El segundo día al ver que no venía le preguntó a su compañera de pupitre, que lo miró como si no supiera de quien estaba hablando… ¿Cómo podía haber pasado desapercibida para alguien? El caso es que nadie en la clase parecía recordarla. Pensó que al día siguiente la encontraría… Pero allí estaba, en el hall de la escuela, sin ella… Ni siquiera había escuchado a la profesora preguntarle “Mister Domínguez, are you OK?”.

Dejó aquel edificio que tanto dolor le había causado en tan poco tiempo con la intención de no volver jamás. La herida estaba muy abierta. Se había ilusionado, incluso llegó a sentir algo por aquel ente que rozaba la perfección. Sólo conocía su físico de forma empírica, pero su mente se había encargado de confeccionarle una personalidad. Incluso la había bautizado: Ángela, no demasiado original por la analogía pero a él le encantaba. Soñaba con Ángela, iban a pasear por la ciudad, seguro que ella escuchaba una música muy especial, y tenía esa clase de aficiones que sólo la gente especial tiene: leer poesía, beber té, comer chocolate amargo y mirar por la ventana cuando llueve… Así era ella, delicada y misteriosa, frágil… y volátil.

Andaba por la calle sin rumbo, había renunciado a su vida mundana para intentar cazar un sueño y se había dado de bruces con la realidad. Ya nada tenía sentido, no podía volver a su anterior y vacía vida. Ahora tenía un sueño, cosa que nunca antes se había planteado. No podía aceptar que ese sueño fuera realmente una quimera, una ilusión, y que el mundo no se movía al ritmo de los latidos de su corazón. Quería olvidar, es mejor olvidar lo que se quiere dejar de apreciar. Pero su turbada mente no acertaba a reconocer lo que su cuerpo le estaba demandando. Ahora llovía, pero él sentía el agua sólo en sus adentros. Estaba helada, le helaba el corazón… Mientras entraba en la boca del metro abandonó su consciencia, ya no quedaba nada de Pedro en aquel cuerpo.

"Salieron los demonios cuando los ángeles dormían No es que fuesen incómodas las alas, es que dolían" (Zenit, Nos recordarán)


Gracias a Zamenhof por la inspiración. Y gracias a todos por seguir el relato. Por aquí todo va bien, pronto quiero empezar otro proyectiyo en el blog, a ver cómo me sale... La historia aún no ha terminado, falta el desenlace... Que será en pocos días (espero). Besos.

2 comentarios:

Falo dijo...

No puede ser, esta historia tiene que tener un final felíz, si no me corto las cejas (es que a mis venas les tengo cariño xD)

MUAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA

The godfather dijo...

Intuyo como va a acabar, pero tio no le hagas eso! Ese chaval se merece algo weno!!! Animate y ponle la guinda al pastel!